miércoles, 13 de enero de 2010

Propiedades y autorías con la Red de por medio

Recuerdo en una aventura gráfica de Indiana Jones (en la búsqueda de la Atlántida, creo que era) cómo una de la primeras secciones era despistar a un tramoyista que tenía el control del escenario. Hoy día con Internet de fondo nos sentimos todos tramoyistas. Esa es la sensación que todos tenemos controlando nuestro navegador. La Red se abre a nosotros como una gran tela de araña sin aparentes regulaciones que ve cómo cuando salimos de ella nos frustramos ante la realidad cotidiana. Dentro de la Red aparentemente, y casi que sin apariencia, todo vale. Todo está permitido y la única cortapisa es que alguien no se haya adelantado a nosotros. Y si se ha adelantado basta con un hipervínculo para llegar a ellos. Un mundo tan complejo, a la vez que tan libre, se resuelve rápido con cambios de denominación, retoques fotográficos y coger de aquí y de allá.

El pirateo puro y duro para los analógicos, que todos hemos practicado, sea con una descarga de una película o cogiendo una foto de la que no tenemos su autorización, analógica se entiende, está empezando a convivir con la proliferación de licencias más acordes con el mundo digital, con la Red. Los derechos de autor entendidos como el pagar por disfrutar de una obra concreta empiezan a ser puestos en entredicho no por un numeroso grupo de personas, entre las que me incluyo, sino por el propio sistema.

Quienes pretenden seguir viviendo de sus derechos adquiridos en un mundo diseñado para ello se encuentran con la existencia de una sociedad diferente, con medios diferentes para hacer lo mismo que antes pero de distinta forma. Me encanta aquello de que no se puede cambiar a la sociedad por decreto, pero tampoco pueden obviarse las obviedades. Y lo que es obvio es que lo que ha funcionado hasta ahora en derechos de autor no solo es imperfecto sino que es pernicioso socialmente.

La red permite la creación sobre la creación precisamente porque la red no tiene límites, hasta ahora, y porque cualquiera, con su imaginación de fondo, puede crear sobre lo creado. Hay que buscar la fórmula de que convivan ambos mundos. Ambas realidades, pero desde luego no a costa de paralizar el progreso porque la riqueza de unos pocos esté en entredicho.

2 comentarios:

jandro dijo...

Buen post. Totalmente de acuerdo

JL dijo...

El problema que yo veo es que se mezclan conceptos cercanos, coexistentes pero totalmente distintos y se empuña la lanza de la discordia: se muere la cultura, el mundo es pirata,... El hecho de que una obra tenga derechos de autor o que esté inscrita en el registro de la propiedad intelectual no hace que a esa obra se le pueda aplicar el distintivo de cultura, le guste o no a la gente. Los derechos de autor permiten al autor decidir qué hacer con su obra, la propiedad intelectual reconoce que la obra es tuya y punto. Puedo escribir un libro, ponerle licencia Copyright y permitir que se fotocopie, se venda, se regale, se queme,... y la persona que haga estas cosas, estará amparada por la ley. Independientemente, pensar que somos artistas por escribir una canción, un libro,..., es actualmente más un acto de egocentrismo que de un hecho basado en la objetividad.