martes, 29 de enero de 2008

Libertad de expresarse frente al libertinaje de hacerlo


La primera vez que visité Llerena lo hice para acudir a una mesa redonda sobre el tema del botellón, siempre recurrente y por entonces motivo de debate y discusión en todos los ámbitos. A finales de los noventa nos pusieron en algún aprieto a la mesa, especialmente a mí por ser el más joven y recuerdo una frase de un compañero de debate, Juan Carlos Escudero, que salió en defensa de todos diciendo que habíamos conquistado la libertad pero que asumir determinados roles, determinadas posiciones públicas impedían decir lo que uno pensaba en cada momento. Y tiene toda la razón. En el momento de asumir determinadas responsabilidades públicas uno debe estar a las duras y a las maduras y si le gusta salir demasiado en la foto y ya no tiene que salir tanto, pues debe plegarse a ello, y viceversa.

Por eso, aunque parezca contradictorio y complicado esto de lo público, a mí determinados detalles me terminan resultando día a día muy graciosos, tanto que a veces derivan en molestos. Entiendo que esas almas libres que se manifiestan cuando les viene en gana y cuando tienen que hacerlo no lo hacen responden a esos parámetros liberales o de la gauche divine que por desvirtuado hoy día son al final un tanto ridículos.

Cuando uno asume una responsabilidad pública, y no me refiero estrictamente al terreno político o de partidos, asume comprometerse con un proyecto colectivo, que está estructurado y del que emanan unas responsabilidades, unos roles y unas funciones.

Por eso en ocasiones me rechina tanto que haya personas que crean que pueden ir por libres y que atesoren una aparente independencia para no quererse vincular con un proyecto colectivo con el que se han comprometido, con una institución y en ocasiones con una ideología: todo ello está siempre por encima de la persona, que termina siendo alguien pasajero. Se termina hablando a deshora, apelando a la libertad y mezclando churras con merinas. Lo que sucede es que es libertinaje y verborrea la que tienen algunos.

Pero también puede suceder lo contario. Que algunos en ocasiones no quieran vincularse de facto, pero tengan los arrestos para opinar de todo, lo que ellos quieren, y cuando realmente existen circunstancias en lo que su opinión es necesaria, agachan la cabeza bajo el criterio de que como no se encuentran vinculados a nada o a nadie -ese independentismo de todo a cien- y desaparecen para no verse manchados o expuestos a una crítica posterior.

En fin, el curioso mundo de lo público, donde la valentía en muchas ocasiones brilla por su ausencia, donde lo independiente daña a la institución y donde la persona que aboga por el libertinaje daña al proyecto colectivo al que se suma y al que se debe. ¿Hasta cuándo?

1 comentario:

Víctor Corchado dijo...

Supongo que en este mundo, nada es cien por cien como nos gustaría, como en tantos otros mundos.